¡No! Robin Hood nunca lo haría
No sería amigo del Sheriff de Nottingham ni consejero del príncipe Juan. No compartiría mesa con quienes exprimen al pueblo mientras hablan de sacrificios necesarios.
No aceptaría prebendas, cargos honoríficos ni invitaciones a banquetes pagados con el esfuerzo de aquellos a quienes dice representar.
Robin Hood nunca habría confundido al recaudador con la víctima ni al privilegiado con el desamparado.
Jamás habría expropiado a los pobres para entregárselo a los ricos. No habría llamado solidaridad a transferir recursos desde quienes apenas llegan a fin de mes, hacia quienes ya poseen más de lo que podrían gastar en varias vidas. No habría disfrazado de progreso la concentración de riqueza ni presentado como inevitables decisiones que siempre benefician a los mismos.
Tampoco lo habría hecho el fraile Tuck. Y eso que el buen fraile tenía fama de apreciar la comida y la bebida más que otros aprecian un titular de prensa o una foto sonriente. Incluso él sabía distinguir entre el placer de una buena mesa y la sumisión al poder. Podía ser glotón, pero no servil; podía ser indulgente consigo mismo, pero no con la injusticia.
Sin embargo, vivimos tiempos extraños.
Ya nadie espera el regreso de Ricardo Corazón de León. Quizá porque hace mucho que dejamos de creer en reyes justos que aparezcan para restaurar la democracia. Quizá porque hemos aprendido que muchos salvadores suelen cobrar por adelantado.
Tampoco nos impresionan los disfraces de arquero.
Los bosques están llenos de falsos Robin Hood que prometen enfrentarse al sistema mientras cobran de él. Se presentan como rebeldes cuidadosamente autorizados. Interpretan el papel del héroe popular durante el día y cumplen disciplinadamente con sus patrocinadores cuando cae la noche.
Hablan en nombre de los de abajo mientras buscan el reconocimiento de los de arriba.
Proclaman independencia mientras dependen de subvenciones, estructuras partidistas, grupos de presión o redes clientelares. Se declaran enemigos del poder, pero jamás atacan los intereses que realmente sostienen ese poder. Como mucho discuten sobre quién debe administrarlo.
Por eso ya casi nadie se deja engañar por el disfraz, porque siempre es Carnaval.
Las máscaras ya no se usan unos días al año; se han convertido en uniforme permanente. Hay revolucionarios de despacho, insurgentes con coche oficial, disidentes perfectamente integrados y héroes profesionales, que jamás arriesgan nada que no les haya sido previamente autorizado porque están en nómina.
Y cuando el salario depende de mantener la representación, la rebeldía acaba convirtiéndose en una función teatral más. El arco es de utilería, las flechas son de goma y el bosque pertenece a la empresa que financia el espectáculo.
Quizá por eso Robin Hood ya no regresa, no porque no exista la injusticia que lo hizo legendario, sino porque tendría dificultades para reconocer un mundo en el que muchos de los que hablan en su nombre trabajan para el Sheriff y cobran del príncipe Juan.







































