Pero también hay Mala Gente que se enfada con quienes criticamos a quienes nos "gobiernan". Ellos también repiten que vivimos en el mejor de los mundos posibles y que tenemos los políticos que nos merecemos, pero por motivos muy distintos. No defienden esas ideas porque crean en ellas, sino porque les resultan útiles. Saben que la buena gente necesita creer que las cosas funcionan y que el futuro está en buenas manos. Saben que la confianza, incluso cuando es ingenua, es un recurso valioso para quien ocupa posiciones de poder o aspira a conservarlas.
Por eso no quieren que se rompan los sueños de la buena gente. No porque les preocupen esos sueños en sí mismos, sino porque de ellos depende que la realidad no cambie. Mientras los ciudadanos confundan resignación con madurez, conformismo con responsabilidad y obediencia con civismo, quienes se benefician del estado de las cosas pueden seguir haciéndolo. La ilusión de que todo está razonablemente bien es, para ellos, una herramienta de estabilidad.
La diferencia entre unos y otros es fundamental. La buena gente protege una esperanza. La mala gente protege una ventaja. Los primeros se resisten a la crítica porque temen el desencanto. Los segundos porque temen las consecuencias que el desencanto podría tener. Unos defienden una creencia; otros defienden un negocio. Y, sin embargo, ambos terminan coincidiendo en la misma exigencia: que nadie señale aquello que no funciona, que nadie cuestione a quienes mandan y que nadie recuerde que la realidad existe incluso cuando resulta incómoda.
Pero la crítica no destruye necesariamente una sociedad. A menudo es justamente lo contrario. Lo que destruye una sociedad es la incapacidad de mirar de frente sus propios errores. La crítica sincera no es enemiga de la esperanza; es la condición para que la esperanza deje de ser una fantasía y pueda convertirse en una posibilidad real.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Participa, tu opinión importa.