martes, 9 de junio de 2026

ROBIN HOOD NUNCA LO HARÍA

¡No! Robin Hood nunca lo haría

No sería amigo del Sheriff de Nottingham ni consejero del príncipe Juan. No compartiría mesa con quienes exprimen al pueblo mientras hablan de sacrificios necesarios. 

No aceptaría prebendas, cargos honoríficos ni invitaciones a banquetes pagados con el esfuerzo de aquellos a quienes dice representar.

Robin Hood nunca habría confundido al recaudador con la víctima ni al privilegiado con el desamparado.

Jamás habría expropiado a los pobres para entregárselo a los ricos. No habría llamado solidaridad a transferir recursos desde quienes apenas llegan a fin de mes, hacia quienes ya poseen más de lo que podrían gastar en varias vidas. No habría disfrazado de progreso la concentración de riqueza ni presentado como inevitables decisiones que siempre benefician a los mismos.

Tampoco lo habría hecho el fraile Tuck. Y eso que el buen fraile tenía fama de apreciar la comida y la bebida más que otros aprecian un titular de prensa o una foto sonriente. Incluso él sabía distinguir entre el placer de una buena mesa y la sumisión al poder. Podía ser glotón, pero no servil; podía ser indulgente consigo mismo, pero no con la injusticia.

Sin embargo, vivimos tiempos extraños.

Ya nadie espera el regreso de Ricardo Corazón de León. Quizá porque hace mucho que dejamos de creer en reyes justos que aparezcan para restaurar la democracia. Quizá porque hemos aprendido que muchos salvadores suelen cobrar por adelantado.

Tampoco nos impresionan los disfraces de arquero.

Los bosques están llenos de falsos Robin Hood que prometen enfrentarse al sistema mientras cobran de él. Se presentan como rebeldes cuidadosamente autorizados. Interpretan el papel del héroe popular durante el día y cumplen disciplinadamente con sus patrocinadores cuando cae la noche.

Hablan en nombre de los de abajo mientras buscan el reconocimiento de los de arriba.

Proclaman independencia mientras dependen de subvenciones, estructuras partidistas, grupos de presión o redes clientelares. Se declaran enemigos del poder, pero jamás atacan los intereses que realmente sostienen ese poder. Como mucho discuten sobre quién debe administrarlo.

Por eso ya casi nadie se deja engañar por el disfraz, porque siempre es Carnaval.

Las máscaras ya no se usan unos días al año; se han convertido en uniforme permanente. Hay revolucionarios de despacho, insurgentes con coche oficial, disidentes perfectamente integrados y héroes profesionales, que jamás arriesgan nada que no les haya sido previamente autorizado porque están en nómina.

Y cuando el salario depende de mantener la representación, la rebeldía acaba convirtiéndose en una función teatral más. El arco es de utilería, las flechas son de goma y el bosque pertenece a la empresa que financia el espectáculo.

Quizá por eso Robin Hood ya no regresa, no porque no exista la injusticia que lo hizo legendario, sino porque tendría dificultades para reconocer un mundo en el que muchos de los que hablan en su nombre trabajan para el Sheriff y cobran del príncipe Juan.

¿SANIDAD PÚBLICA versus SANIDAD PRIVADA?

 Para los políticos la cuestión no es si "SANIDAD PÚBLICA o SANIDAD PRIVADA" , la cuestión es el ritmo, el descaro y el amigismo del proceso de privatización.

Cuando se plantea el debate entre sanidad pública y privada, suele presentarse como una confrontación ideológica. Unos defienden que la salud debe permanecer completamente en manos del Estado (de las Comunidades). Otros sostienen que la iniciativa privada puede aportar eficiencia, innovación y capacidad de gestión.

 Observando la práctica política de las últimas décadas, da la impresión de que el debate real no es exactamente ese. La cuestión no parece ser si pública o privada, sino el descaro, el ritmo y el amigismo con que se desarrolla el proceso de privatización.

Rara vez encontramos a un dirigente que proponga cerrar de golpe hospitales públicos para sustituirlos por empresas privadas. Sería, o era, electoralmente suicida. La ciudadanía sigue considerando la sanidad pública como una de las grandes conquistas sociales y cualquier ataque frontal genera rechazo inmediato. Por eso los cambios suelen presentarse de otra manera.

Primero se deteriora el servicio; faltan profesionales, aumentan las listas de espera, se retrasan inversiones y se normalizan carencias que años antes habrían sido escandalosas. Después se presenta la colaboración privada como una solución pragmática a problemas que, en muchos casos, han sido tolerados o incluso provocados por quienes ahora ofrecen el remedio.

El proceso rara vez se anuncia como privatización. Se habla de externalización, colaboración público-privada, optimización de recursos, modernización de la gestión o flexibilidad organizativa. Las palabras cambian, pero la dirección suele ser la misma: una parte creciente de los recursos públicos termina convirtiéndose en negocio privado.

Es entonces cuando aparecen las diferencias entre partidos y dirigentes. No tanto sobre el destino final del proceso como sobre su velocidad y sus beneficiarios.

Algunos consideran que hay que avanzar despacio para evitar resistencia social y desprestigio. Otros prefieren aprovechar cada crisis para acelerar los cambios. Unos procuran mantener ciertas formas y otros actúan con una impaciencia que roza la provocación. Pero donde las diferencias resultan más llamativas es en la distribución de las oportunidades.

Porque el problema no es únicamente que determinadas actividades sanitarias pasen a manos privadas. El problema surge cuando las adjudicaciones, concesiones y contratos parecen seguir criterios de proximidad política o familiar, más que de interés público. Cuando los mismos nombres aparecen una y otra vez alrededor de las mismas decisiones. Cuando las puertas giratorias se convierten en una costumbre.

Entonces la discusión deja de ser sanitaria para convertirse en una cuestión de poder. Ya no se trata de cuál es el mejor modelo para atender a los pacientes. Se trata de quién controla los presupuestos, quién recibe los contratos y quién obtiene los beneficios.

Mientras tanto, los ciudadanos siguen atrapados en un debate simplificado entre sanidad pública y sanidad privada, como si fueran dos modelos puros enfrentados entre sí. La realidad suele ser más compleja y, a menudo, más incómoda. Porque el verdadero conflicto no se produce entre lo público y lo privado, sino entre el interés general y los intereses particulares que prosperan alrededor de ambos.

Y esa es una discusión mucho menos ideológica y mucho más concreta. Trata de nombres, contratos, influencias y responsabilidades.

NADIE PASE SIN SALUDAR AL PORTERO (DE LA CAUSA)


 NADIE PASE SIN SALUDAR AL PORTERO o, como cualquier causa, grande o pequeña encuentra quienes se atribuyan su liderazgo y rechacen "recien llegados".

Ellos llevan años al frente y, aunque más que avanzar se haya retrocedido, ellos la consideran como un patrimonio propio que morirá en sus manos, si nadie lo remedia.


Toda causa, por justa, necesaria o urgente que sea, además de a personas dispuestas a trabajar por ella; acaba atrayendo, casi inevitablemente, a quienes desean ad

LA BUENA Y LA MALA GENTE

Hay Buena Gente que se enfada con quienes criticamos a quienes nos "gobiernan" porque creen que "estamos en el mejor de los mundos posibles" y que "tenemos los políticos que nos merecemos" y no quieren que les rompan sus sueños, ni siquiera se lo permiten a la tozuda realidad.

Hay Mala Gente que se enfada con quienes criticamos a quienes nos "gobiernan" porque creen que "estamos en el mejor de los mundos posibles" y que "tenemos los políticos que nos merecemos" y no quieren que les rompan sus sueños a la buena gente, por qué de eso depende que cambie la realidad.


Hay Buena Gente que se enfada con quienes criticamos a quienes nos "gobiernan". No porque obtengan ningún beneficio de ello, sino porque necesitan creer que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Piensan que, con todos sus defectos, el sistema funciona razonablemente bien y que, al fin y al cabo, tenemos los políticos que nos merecemos. Para ellos, cuestionar demasiado la realidad es poner en peligro una cierta tranquilidad moral. No quieren que les rompan sus sueños, ni siquiera permiten que lo haga la tozuda realidad cuando esta contradice sus esperanzas. Prefieren pensar que los problemas son excepciones, accidentes o inevitabilidades antes que admitir que quizá hay fallos más profundos.


Pero también hay Mala Gente que se enfada con quienes criticamos a quienes nos "gobiernan". Ellos también repiten que vivimos en el mejor de los mundos posibles y que tenemos los políticos que nos merecemos, pero por motivos muy distintos. No defienden esas ideas porque crean en ellas, sino porque les resultan útiles. Saben que la buena gente necesita creer que las cosas funcionan y que el futuro está en buenas manos. Saben que la confianza, incluso cuando es ingenua, es un recurso valioso para quien ocupa posiciones de poder o aspira a conservarlas.

Por eso no quieren que se rompan los sueños de la buena gente. No porque les preocupen esos sueños en sí mismos, sino porque de ellos depende que la realidad no cambie. Mientras los ciudadanos confundan resignación con madurez, conformismo con responsabilidad y obediencia con civismo, quienes se benefician del estado de las cosas pueden seguir haciéndolo. La ilusión de que todo está razonablemente bien es, para ellos, una herramienta de estabilidad.


La diferencia entre unos y otros es fundamental. La buena gente protege una esperanza. La mala gente protege una ventaja. Los primeros se resisten a la crítica porque temen el desencanto. Los segundos porque temen las consecuencias que el desencanto podría tener. Unos defienden una creencia; otros defienden un negocio. Y, sin embargo, ambos terminan coincidiendo en la misma exigencia: que nadie señale aquello que no funciona, que nadie cuestione a quienes mandan y que nadie recuerde que la realidad existe incluso cuando resulta incómoda.

Pero la crítica no destruye necesariamente una sociedad. A menudo es justamente lo contrario. Lo que destruye una sociedad es la incapacidad de mirar de frente sus propios errores. La crítica sincera no es enemiga de la esperanza; es la condición para que la esperanza deje de ser una fantasía y pueda convertirse en una posibilidad real.